Opinión

VI MORTAL KOMBAT II Y REGRESÉ A LOS TIEMPOS DE ORO EN LAS MAQUINITAS

VI MORTAL KOMBAT II Y REGRESÉ A LOS TIEMPOS DE ORO EN LAS MAQUINITAS

Mortal Kombat II no vino a reinventar el cine de acción. Tampoco intentó convertirse en una obra profunda sobre la humanidad. Y sinceramente, creo que eso es justamente lo que la hace funcionar.

Hay películas que entienden perfectamente lo que son. Esta secuela dirigida por Simon McQuoid lo tiene clarísimo desde el primer minuto: es un espectáculo para quienes crecimos escuchando el famoso “Finish Him!”, aventando controles, memorizando fatalities y picando todos los botones posibles esperando que saliera un combo milagroso.

Y sí, se siente hecha para nosotros.

La película retoma el universo presentado en la entrega de 2021, pero ahora sí adopta por completo el concepto del torneo. Esa era una de las grandes “deudas” que reclamaban los fans en redes y aquí finalmente vemos a Earthrealm enfrentarse directamente a Outworld con más personajes y más peleas.

Desde la aparición de Karl Urban como Johnny Cage queda claro cuál será el tono de la película: exagerado, nostálgico y consciente de sí mismo. Su versión del personaje tiene ese aire de estrella de acción noventera acabada, medio ridícula, medio encantadora. No busca verse seria y eso ayuda bastante a que la película no se tome demasiado en serio cuando no debe hacerlo. De hecho, varias de las escenas más entretenidas giran alrededor de él.

Ahora, siendo honestos, la historia no destaca demasiado por su sustancia. Hay conflictos, claro, especialmente con Kitana y Shao Kahn, pero la película entiende que el verdadero atractivo está en otra parte: las peleas, los poderes, las referencias, el espectáculo visual y el mensaje final. Aunque eso podría leerse como crítica, realmente creo que es parte de la esencia de Mortal Kombat.

Uno entra sabiendo qué esperar.

Los efectos especiales son enormes. A veces demasiado. Hay momentos donde los poderes, la resistencia física o ciertas secuencias cruzan lo imposible, pero también sería raro pedirle realismo a una película donde un ninja congelado pelea contra un espectro infernal. Y justo cuando aparecen esas frases icónicas o ciertos encuadres que replican movimientos del videojuego, algo conecta automáticamente con la infancia. Yo lo hice.

No diría que es una película particularmente gore, al menos no al nivel salvaje que muchos podrían imaginar. Sí hay violencia, fatalities y escenas brutales, pero varias están más estilizadas que explícitas. Hay sangre, claro, pero también mucha intención de hacer que cada pelea se vea perrona, antes que molesta.

Donde sí creo que la película gana bastante terreno es en la construcción visual. Los escenarios inspirados en arenas clásicas como The Pit o Dead Pool están hechos claramente pensando en los fans del juego. El diseño de producción entiende algo importante: Mortal Kombat siempre ha sido exceso. Colores intensos, personajes gigantescos, armaduras imposibles, fuego, rayos, máscaras, gritos. Y aquí todo eso está presente sin pena alguna.

También hay algo muy curioso: la película funciona mejor mientras más conozcas este universo. Si creciste con los videojuegos, probablemente muchas escenas te van a sacar una sonrisa automática. Si no sabes quién es Scorpion, Kitana o Shao Kahn, posiblemente varias cosas te parecerán exageradas, ridículas o simplemente vacías.

Y creo que ahí está el detalle más importante.

Mortal Kombat II no intenta convencer a quienes jamás conectaron con la franquicia. No quiere ser una película “para todos”. Es más bien una carta de amor -exagerada- para quienes llevan décadas ligados a este mundo. Incluso cuando la narrativa se tambalea o ciertos diálogos se sienten torpes, la energía nunca desaparece.

Hay secuencias que definitivamente se van a quedar grabadas para los fans. Especialmente todo lo relacionado con Scorpion y Sub-Zero, que siguen teniendo esa imponente presencia. Hiroyuki Sanada vuelve a demostrar por qué su Scorpion es probablemente de lo mejor que ha tenido esta nueva etapa cinematográfica.

Al final, salí del cine entendiendo perfectamente lo que acababa de ver: una película caótica, exagerada y nostálgica que probablemente no cambiará la historia del cine, pero que sí logra algo mucho más simple y efectivo: hacerte sentir otra vez como ese niño que descubría personajes secretos, fatalities absurdos y torneos imposibles en una pantalla noventera.

Y a veces, sinceramente, con eso basta.

Fotografías: Cortesía

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